Los auténticos decadentes

La imagen hablaba por sí sola. Lionel Messi cabizbajo, como el niño al que a marchas forzosas llevan a casa de la tía que no quiere visitar porque se aburre. Por otro lado, Jorge Sampaoli dando bandazos, lo hizo desde que tomó las riendas de Argentina, un remolino sin sentido. Y en la tribuna, la representación de todo el desmadre federativo e histórico del balompié argentino: Diego Armando Maradona

Pablo A. García Escorihuela

¿Cómo es posible quebrarse en cuatro años? A veces, los procesos de ruptura duran poco, son como un terremoto que abre un hueco y se traga todo lo que había ahí. En otras ocasiones, son paulatinos, tienen décadas ocurriendo ante la impávida mirada de la gente, que sigue aferrada al pasado más alegre, que hoy no es más que parte, igualmente, del problema.

La imagen en Nizhni Nogvodorov hablaba por sí sola. Lionel Messi cabizbajo, como el niño al que a marchas forzosas llevan a casa de la tía que no quiere visitar porque se aburre. Por otro, Jorge Sampaoli dando bandazos, lo hizo desde que tomó las riendas de Argentina, un remolino sin sentido. Y en la tribuna, la representación de todo el desmadre federativo e histórico del balompié argentino: Diego Armando Maradona.

Argentina llegó a Rusia 2018 en medio de la incertidumbre. De no haber jugado el amistoso con Israel (¿Habría cambiado las cosas? Posiblemente, no), de haber recibido una advertencia certera de parte de un candidato serio como España, que lo masacró inmisericorde 6-1 en el Wanda Metropolitano de Madrid en marzo, de tener a Sampaoli desde hace ocho meses improvisando entre viajes, pedidos a la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) y un salario astronómico; de una dirigencia incapaz de renovarse tras una elección viciada (quedó supuestamente empatada 38-38 en condiciones poco claras), arrastrando los viejos vicios del fallecido hombre fuerte Julio Grondona.

De haber transitado la eliminatoria suramericana con más penurias y conflictos que otras cosas. Con tres técnicos encima (no le perdonaron a Gerardo Martino caer en las finales de las Copas América de 2015 y 2016, cortando un proceso que le había dado una continuidad al trabajo de Alejandro Sabella), inestabilidad, quejas de los futbolistas que se terminaron convirtiendo en algunos casos en caprichos para consentirlos, todo envuelto en un ámbito decadente, mirando al pasado, comparando permanentemente a Messi con Maradona, mientras el gordillo hace histrionismos en la tribuna para demostrar un sufrimiento falso cada vez que su selección pierde, pero en el fondo, su ego se agiganta aún más porque no podrán destronarlo del pedestal donde se subió.

Argentina no superó nunca 1886. Se quedó pegada en la gesta de Maradona, Valdano, Ruggieri y demás. Pasaron generaciones magnificas de futbolistas: Batistuta, Aimar, Ortega, Sorin, Verón, Simeone, Maxi Rodríguez, Messi…  Y a todos se les tiró encima siempre el compromiso. Desde la afición, y sobre todo, desde la prensa: “Ustedes serán los que vuelvan a ganar. Porque Diego lo hizo en el 86 y ustedes harán lo que él hizo…”

Y así fueron pasando los años, com Maradona envilecido en sus propios demonios, luchando contra sus adicciones y problemas, aupado de alguna manera por la misma dirigencia que también vivía de la gloria pasada, y la presión siempre fue exagerada, se olvidaron de respetar procesos, se obsesionaron con repetir aquello y no ganar de otra forma, de sembrar para el futuro.

Hoy Argentina no tiene un recambio generacional claro. Son pocos los jugadores que brillan en las mejores ligas de Europa (a diferencia del vecino gigante, Brasil, que pasó por la misma crisis hace apenas cuatro años), y carece de una brújula con una dirección marcada desde el banquillo. Sampaoli nunca dio con un estilo de juego, ni para ajustarse a Messi, ni para avanzar sin él; porque a todas estas, el que actualmente es el mejor futbolista del mundo dejará la selección pronto. Quizás después de este descalabro, tal vez aguante cuatro años más. Eso sólo lo conoce él en su mundo particular.

La imagen que resume todo es la de Maradona con su franela apretada sin ocultar sus kilos de más, un reloj en cada muñeca, gritando desde el palco del estadio a los futbolistas “que pongan huevos”, haciendo el clásico gesto de llevarse las dos manos a la zona genital moviéndolas de arriba abajo. O con el grito de gol exagerado, histriónico, para las redes sociales, para que sus asistentes y aduladores le aplaudan la gracia. Grotesco. Tanto como el personaje al rededor del mito, como el gordillo que baila en una tarima con dictadores de pacotilla, como ese que grita con desespero un gol anotado a un niño sin piernas. Decadente.

Puede que Argentina le gane a Nigeria, y ocurra un milagro que los inserte más allá de los cuartos de final de Rusia 2018. Pero Croacia terminó de desvestirla. Hoy, está desnuda, desprotegida, con Messi aburrido (y sin capacidad también de demostrar algo del liderazgo que ostenta en Barcelona), de estar en un sitio donde impera el desorden (dentro y fuera de la cancha), con un técnico lleno de improvisaciones, que no es más que el reflejo del desmadre dirigencial de la AFA, y aferrada a un pasado que pasó, y que hoy es una imagen pobrísima de lo que fue, un recuerdo vago, y nada más.

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